AURA MÍA: ya sé que no lo eres;
mas este amor, que
ha sido flor de
un día, se olvida
a solas de que
no me quieres.
Y, en medio de mi
bárbara agonía,
¡te llama a gritos,
con el mismo grito
de aquellos tiempos
en que fuiste mía!
Yo necesito hablarte,
necesito
saber por qué me
arrojas al destierro,
de tu perjuro corazón
proscrito,
cuando feliz en su
adorable encierro,
al ideal querido
me acercaba,
con fe sublime y
voluntad de hierro;
Cuando mi voz triunfante
te aclamaba
¡y ya mi pobre alma,
ánima en pena,
con las alas abiertas
te aguardaba!
Yo aun te defiendo,
porque tú eres buena
y de tu dulce corazón
no pudo
brotar la amarga
hiel que me envenena;
De esta espantosa
realidad aún dudo
y no sé quién me
preparó, cobarde,
por detrás y a traición,
el golpe rudo.
Ya es tarde, Laura:
por desgracia
es tarde; mas si
estás inocente....,
¿por qué muda, si
aún la pasión
en mis entrañas arde?
Prestárame tu voz
su noble ayuda,
cuando al altar de
nuestra fe sencilla
cubrió el velo de
sombra de una duda....
La luz se impone:
la inocencia brilla...
¡Tú bien pudiste
disipar la sombra,
hija del sol trigueño
de Aguadilla!
¡Aún tu silencio
criminal me asombra!
¡Aún hay un labio,
a la traición cerrado,
huérfano de tus besos,
que te nombra!
¡Aún me acuerdo del
ángel malogrado,
verbo de nuestro
amor, como el Dios hijo,
concebido sin mancha
ni pecado!
Aún al ángel en sueños
me dirijo...,
¡larva de luz, que
en el sutil capullo
no sintió de la vida
el regocijo!
¡Aún me enardece
el lánguido murmullo,
que repercute el
eco en mi memoria,
de tu primer voluptuoso
arrullo!
Tú sabes bien que
es dulce nuestra historia,
y que este infierno,
a que el amor me lanza,
fue cielo un día
y comenzó en la gloria.
Agita en ti la muerta
remembranza
de aquel momento,
del momento triste
en que puse en ti
mi esperanza.
¡Y te verás culpable!
Si, lo fuiste...
No sé por qué presentimiento
extraño
yo quise huir...
y tú me detuviste.
Recia batalla el
día del engaño
libraron el amor
y el egoísmo,
que adivinaba mi
futuro daño.
Mi pobre corazón
es siempre el mismo...
¡Ángel guardián,
que con temor me augura
la presencia secreta
del abismo!
Pero ¿quién, que
haya visto tu hermosura,
sabe si es luz de
sol o de centella
la que en tus ojos
de mujer fulgura...?
¡Cuidado que eres
cariñosa y bella!
¡Qué tarde aquella
la de aquel gran día!
¡Qué día aquel el
de la tarde aquella!
¡Aún vive en mis
oídos la armonía
con que la danza
comenzó gimiente,
como una niña enferma
que sufría,
y en mis ojos tu
imagen sonriente,
como un ángel asido
por un ala,
del brazo mío y de
mi amor pendiente!
Mi dolor es horrible;
pero exhala,
como el opio que
abate y que sahúma,
su ardiente esencia
en vaporosa escala.
Y, esperando que
mi alma se consuma,
absorbo, en el recuerdo
adormecido,
el tósigo que brilla
y que perfuma....
¡Ay, porque va mi
corazón herido
muriéndose de frío,
poco a poco,
como se muere un
pájaro sin nido!
Porque aún te quiero
y mi dolor sofoco
y, en medio de este
malestar sublime,
tengo accesos de
furia, como un loco,
en que el león enamorado
gime...
¡y una venda de sangre,
que me ciega,
y una cosa en el
pecho, que me oprime!
En la callada y pertinaz
refriega,
que pensamiento y
corazón sostienen,
triunfa el delirio
y la razón se entrega.
Dulces recuerdos
a alentarme vienen
de mis benditos lares
borinqueños,
que algo del fuego
de tus ojos tienen,
y, del incendio que
provocan dueños,
te hacen surgir:
entre las llamas brillas.
Vesta inmortal del
templo de mis sueños,
¡y cae el pensamiento
de rodillas
vencido, al fin,
y en largo desvarío
te jura el pobre
corazón que humillas
que, hasta que sienta
de la muerte el frío,
serás tú mi alimento
cotidiano,
pan de azucena del
anhelo mío!
Mas, no por eso me
verás, villano,
en aras de este amor
que me atormenta
sacrificar mi dignidad
en vano.
Yo sé luchar, la
juventud me alienta
y tengo, a fuerza
de correr los mares,
la frente acostumbrada
a la tormenta.
Y si no puedo, en
bien de mis pesares,
lanzar tu efigie
de mi pecho inerte,
como se arroja a
un dios de sus altares,
sabe que a los sarcasmos
de la suerte;
más débil sigue el
corazón latiendo,
pero también la voluntad
más fuerte.
No temas verme sucumbir;
comprendo
que hay una sima
entre los dos abierta,
y ha de estar siempre,
ante el abismo horrendo,
el centinela del
honor alerta;
¡no temas, pues,
que el desdeñado altivo,
limosnero de amor,
llame a tu puerta!
Y si te escribo,
Laura, si te escribo,
es que no puedo padecer
ya tanto
sin dar a mi amargura
un lenitivo;
¡Es que me ahoga
y que me ciega el llanto
y, cual huyen del
rayo las gaviotas,
huye del alma tormentosa
el canto,
que se revuelca,
en abrasadas notas,
con el dolor del
águila viuda,
que cae del cielo
con las alas rotas...!
No es que mi pena,
que mi pena aguda,
como a un sepulcro,
a remover el fuego
del amor muerto,
a tu piedad acuda,
ni a reclamar el
juramento ciego
que, pálida de amor,
me hiciste un día
con voz tímida y
leve, como un ruego...
¡Es que entona su
última elegía,
canto de cisne, doble
de campana,
esta pasión asesinada
mía!
¿Y tú, en tanto,
qué piensas...? Si mañana
la luz extinta a
resurgir volviera,
siniestra luz que
del carbón emana,
¿saldrás indemne
y pura de la hoguera?
¡Tal vez vuelve la
vida a los desiertos
y torna al alma la
ilusión primera!
¡Cuidado, Laura!,
que los sueños muertos,
ángeles catalépticos
que agitan
sus alas en la sombra,
están despiertos
y a los reclamos
del amor se irritan.....
¡Entiérrame muy hondo
y ten cuidado,
que los muertos del
alma resucitan!
Pero no podrá ser:
miro asombrado
que aquella de una
noche breve historia
fue una leyenda de
hadas, que ha acabado.
Ficción no más, relámpago
de gloria
que encendió en mí
un altar y que ha tenido
cuna en tus ojos,
tumba en tu memoria.
Echa tú el cuento
de hada al olvido
y no turbe tus goces
el desvelo
de éste, que es tuyo,
corazón rendido.
Vive tú: muera yo:
nunca mi duelo
te asalte en sueños,
cual visión extraña....,
¡y que Dios te perdone
desde el cielo,
como yo te perdono
desde España!
por los bosques recónditos
y umbríos,
nacen las pomarrosas
pálidas, escondidas
y aromosas,
lejos del sol, como
los versos míos....
En el suelo feraz,
que al agua inunda,
yérguese el tronco
en la raíz profunda,
al son perpetuo del
raudal sonoro;
¡y absorbe, en cada
poro,
el jugo que le nutre
y le fecunda
y el resplandor de
sus manzanas de oro!
Como los astros,
al tocar su meta,
brillan las pomarrosas
reflejadas
en el móvil cristal
de la onda inquieta....
¡y como las granadas
y como las canciones
del poeta
flotan sobre la tierra
coronadas!
¡Oh, fruto, en que
la flor se transfigura,
sin dejar de ser
flor! ¡Tierna hermosura,
que la fragancia
con la miel reparte,
y es perfume y dulzura
y símbolo, en que
muestra la natura
la virginal maternidad
del arte!
¡Cuán misterioso
de la tierra el seno!
La sombra de la muerte
se difunde
en el abismo, de
amarguras lleno...
¡El tártago se hunde
y, en vez de néctar
de la vida, infunde
y alza a la flor
maléfica el veneno!
Mas, no la pomarrosa,
que transmuta
en rica savia y en
potencia fuerte
la ponzoña que infiltra
la cicuta...
¡Así mi alma convierte,
como el arbusto de
la blanca fruta,
la sombra en la luz
y en la navidad la muerte!
¡Amor!, ¡Dolor!,
¡Corriente combatida!
¡Esperanza inmortal!,
¡Anhelo santo!
¡Ondas de mi alma
y ondas de mi vida!
¡Fecundidad del llanto!
¡Renacimiento de
la fe perdida!
¡Pomas del bien y
rosas de mi canto!
¡Bendecid a las áureas
pomarrosas,
que en las orillas
de los viejos ríos
se elevan escondidas
y aromosas!
¡Amad los desvaríos
del alma triste que,
en los versos míos,
saca los frutos del
abismo en rosas!.
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