
A LAURA
por José de Diego
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AURA MÍA: ya sé que no lo eres;
mas este amor, que ha sido
flor de
un día, se olvida a solas
de que
no me quieres.
Y, en medio de mi bárbara
agonía,
¡te llama a gritos, con
el mismo grito
de aquellos tiempos en
que fuiste mía!
Yo necesito hablarte, necesito
saber por qué me arrojas
al destierro,
de tu perjuro corazón proscrito,
cuando feliz en su adorable
encierro,
al ideal querido me acercaba,
con fe sublime y voluntad
de hierro;
Cuando mi voz triunfante
te aclamaba
¡y ya mi pobre alma, ánima
en pena,
con las alas abiertas te
aguardaba!
Yo aun te defiendo, porque
tú eres buena
y de tu dulce corazón no
pudo
brotar la amarga hiel que
me envenena;
De esta espantosa realidad
aún dudo
y no sé quién me preparó,
cobarde,
por detrás y a traición,
el golpe rudo.
Ya es tarde, Laura: por
desgracia
es tarde; mas si estás
inocente....,
¿por qué muda, si aún la
pasión
en mis entrañas arde?
Prestárame tu voz su noble
ayuda,
cuando al altar de nuestra
fe sencilla
cubrió el velo de sombra
de una duda....
La luz se impone: la inocencia
brilla...
¡Tú bien pudiste disipar
la sombra,
hija del sol trigueño de
Aguadilla!
¡Aún tu silencio criminal
me asombra!
¡Aún hay un labio, a la
traición cerrado,
huérfano de tus besos,
que te nombra!
¡Aún me acuerdo del ángel
malogrado,
verbo de nuestro amor,
como el Dios hijo,
concebido sin mancha ni
pecado!
Aún al ángel en sueños
me dirijo...,
¡larva de luz, que en el
sutil capullo
no sintió de la vida el
regocijo!
¡Aún me enardece el lánguido
murmullo,
que repercute el eco en
mi memoria,
de tu primer voluptuoso
arrullo!
Tú sabes bien que es dulce
nuestra historia,
y que este infierno, a
que el amor me lanza,
fue cielo un día y comenzó
en la gloria.
Agita en ti la muerta remembranza
de aquel momento, del momento
triste
en que puse en ti mi esperanza.
¡Y te verás culpable! Si,
lo fuiste...
No sé por qué presentimiento
extraño
yo quise huir... y tú me
detuviste.
Recia batalla el día del
engaño
libraron el amor y el egoísmo,
que adivinaba mi futuro
daño.
Mi pobre corazón es siempre
el mismo...
¡Ángel guardián, que con
temor me augura
la presencia secreta del
abismo!
Pero ¿quién, que haya visto
tu hermosura,
sabe si es luz de sol o
de centella
la que en tus ojos de mujer
fulgura...?
¡Cuidado que eres cariñosa
y bella!
¡Qué tarde aquella la de
aquel gran día!
¡Qué día aquel el de la
tarde aquella!
¡Aún vive en mis oídos
la armonía
con que la danza comenzó
gimiente,
como una niña enferma que
sufría,
y en mis ojos tu imagen
sonriente,
como un ángel asido por
un ala,
del brazo mío y de mi amor
pendiente!
Mi dolor es horrible; pero
exhala,
como el opio que abate
y que sahúma,
su ardiente esencia en
vaporosa escala.
Y, esperando que mi alma
se consuma,
absorbo, en el recuerdo
adormecido,
el tósigo que brilla y
que perfuma....
¡Ay, porque va mi corazón
herido
muriéndose de frío, poco
a poco,
como se muere un pájaro
sin nido!
Porque aún te quiero y
mi dolor sofoco
y, en medio de este malestar
sublime,
tengo accesos de furia,
como un loco,
en que el león enamorado
gime...
¡y una venda de sangre,
que me ciega,
y una cosa en el pecho,
que me oprime!
En la callada y pertinaz
refriega,
que pensamiento y corazón
sostienen,
triunfa el delirio y la
razón se entrega.
Dulces recuerdos a alentarme
vienen
de mis benditos lares borinqueños,
que algo del fuego de tus
ojos tienen,
y, del incendio que provocan
dueños,
te hacen surgir: entre
las llamas brillas.
Vesta inmortal del templo
de mis sueños,
¡y cae el pensamiento de
rodillas
vencido, al fin, y en largo
desvarío
te jura el pobre corazón
que humillas
que, hasta que sienta de
la muerte el frío,
serás tú mi alimento cotidiano,
pan de azucena del anhelo
mío!
Mas, no por eso me verás,
villano,
en aras de este amor que
me atormenta
sacrificar mi dignidad
en vano.
Yo sé luchar, la juventud
me alienta
y tengo, a fuerza de correr
los mares,
la frente acostumbrada
a la tormenta.
Y si no puedo, en bien
de mis pesares,
lanzar tu efigie de mi
pecho inerte,
como se arroja a un dios
de sus altares,
sabe que a los sarcasmos
de la suerte;
más débil sigue el corazón
latiendo,
pero también la voluntad
más fuerte.
No temas verme sucumbir;
comprendo
que hay una sima entre
los dos abierta,
y ha de estar siempre,
ante el abismo horrendo,
el centinela del honor
alerta;
¡no temas, pues, que el
desdeñado altivo,
limosnero de amor, llame
a tu puerta!
Y si te escribo, Laura,
si te escribo,
es que no puedo padecer
ya tanto
sin dar a mi amargura un
lenitivo;
¡Es que me ahoga y que
me ciega el llanto
y, cual huyen del rayo
las gaviotas,
huye del alma tormentosa
el canto,
que se revuelca, en abrasadas
notas,
con el dolor del águila
viuda,
que cae del cielo con las
alas rotas...!
No es que mi pena, que
mi pena aguda,
como a un sepulcro, a remover
el fuego
del amor muerto, a tu piedad
acuda,
ni a reclamar el juramento
ciego
que, pálida de amor, me
hiciste un día
con voz tímida y leve,
como un ruego...
¡Es que entona su última
elegía,
canto de cisne, doble de
campana,
esta pasión asesinada mía!
¿Y tú, en tanto, qué piensas...?
Si mañana
la luz extinta a resurgir
volviera,
siniestra luz que del carbón
emana,
¿saldrás indemne y pura
de la hoguera?
¡Tal vez vuelve la vida
a los desiertos
y torna al alma la ilusión
primera!
¡Cuidado, Laura!, que los
sueños muertos,
ángeles catalépticos que
agitan
sus alas en la sombra,
están despiertos
y a los reclamos del amor
se irritan.....
¡Entiérrame muy hondo y
ten cuidado,
que los muertos del alma
resucitan!
Pero no podrá ser: miro
asombrado
que aquella de una noche
breve historia
fue una leyenda de hadas,
que ha acabado.
Ficción no más, relámpago
de gloria
que encendió en mí un altar
y que ha tenido
cuna en tus ojos, tumba
en tu memoria.
Echa tú el cuento de hada
al olvido
y no turbe tus goces el
desvelo
de éste, que es tuyo, corazón
rendido.
Vive tú: muera yo: nunca
mi duelo
te asalte en sueños, cual
visión extraña....,
¡y que Dios te perdone
desde el cielo,
como yo te perdono desde
España!
por los bosques recónditos
y umbríos,
nacen las pomarrosas
pálidas, escondidas y aromosas,
lejos del sol, como los
versos míos....
En el suelo feraz, que
al agua inunda,
yérguese el tronco en la
raíz profunda,
al son perpetuo del raudal
sonoro;
¡y absorbe, en cada poro,
el jugo que le nutre y
le fecunda
y el resplandor de sus
manzanas de oro!
Como los astros, al tocar
su meta,
brillan las pomarrosas
reflejadas
en el móvil cristal de
la onda inquieta....
¡y como las granadas
y como las canciones del
poeta
flotan sobre la tierra
coronadas!
¡Oh, fruto, en que la flor
se transfigura,
sin dejar de ser flor!
¡Tierna hermosura,
que la fragancia con la
miel reparte,
y es perfume y dulzura
y símbolo, en que muestra
la natura
la virginal maternidad
del arte!
¡Cuán misterioso de la
tierra el seno!
La sombra de la muerte
se difunde
en el abismo, de amarguras
lleno...
¡El tártago se hunde
y, en vez de néctar de
la vida, infunde
y alza a la flor maléfica
el veneno!
Mas, no la pomarrosa, que
transmuta
en rica savia y en potencia
fuerte
la ponzoña que infiltra
la cicuta...
¡Así mi alma convierte,
como el arbusto de la blanca
fruta,
la sombra en la luz y en
la navidad la muerte!
¡Amor!, ¡Dolor!, ¡Corriente
combatida!
¡Esperanza inmortal!, ¡Anhelo
santo!
¡Ondas de mi alma y ondas
de mi vida!
¡Fecundidad del llanto!
¡Renacimiento de la fe
perdida!
¡Pomas del bien y rosas
de mi canto!
¡Bendecid a las áureas
pomarrosas,
que en las orillas de los
viejos ríos
se elevan escondidas y
aromosas!
¡Amad los desvaríos
del alma triste que, en
los versos míos,
saca los frutos del abismo
en rosas!.
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