CARTA APOSTÓLICA ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE EL SANTO ROSARIO
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO
INTRODUCCIÓN y CAPÍTULO I
1. El Rosario de la Virgen María, difundido
gradualmente en el segundo Milenio bajo el
soplo del Espíritu de Dios, es una oración
apreciada por numerosos Santos y fomentada
por el Magisterio. En su sencillez y profundidad,
sigue siendo también en este tercer Milenio
apenas iniciado una oración de gran significado,
destinada a producir frutos de santidad.
Se encuadra bien en el camino espiritual
de un cristianismo que, después de dos mil
años, no ha perdido nada de la novedad de
los orígenes, y se siente empujado por el
Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc
in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar'
a Cristo al mundo como Señor y Salvador,
«el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6),
el «fin de la historia humana, el punto en
el que convergen los deseos de la historia
y de la civilización».1
El Rosario, en efecto, aunque se distingue
por su carácter mariano, es una oración centrada
en la cristología. En la sobriedad de sus
partes, concentra en sí la profundidad de
todo el mensaje evangélico, del cual es como
un compendio.2 En él resuena la oración de
María, su perenne Magnificat por la obra
de la Encarnación redentora en su seno virginal.
Con él, el pueblo cristiano aprende de María
a contemplar la belleza del rostro de Cristo
y a experimentar la profundidad de su amor.
Mediante el Rosario, el creyente obtiene
abundantes gracias, como recibiéndolas de
las mismas manos de la Madre del Redentor.
Los Romanos Pontífices y el Rosario
2. A esta oración le han atribuido gran importancia
muchos de mis Predecesores. Un mérito particular
a este respecto corresponde a León XIII que,
el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica
Supremi apostolatus officio,3 importante
declaración con la cual inauguró otras muchas
intervenciones sobre esta oración, indicándola
como instrumento espiritual eficaz ante los
males de la sociedad. Entre los Papas más
recientes que, en la época conciliar, se
han distinguido por la promoción del Rosario,
deseo recordar al Beato Juan XXIII4 y, sobre
todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica
Marialis cultus, en consonancia con la inspiración
del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter
evangélico del Rosario y su orientación cristológica.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión
de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario.
Esta oración ha tenido un puesto importante
en mi vida espiritual desde mis años jóvenes.
Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje
a Polonia, especialmente la visita al Santuario
de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado
en los momentos de alegría y en los de tribulación.
A él he confiado tantas preocupaciones y
en él siempre he encontrado consuelo. Hace
veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978,
dos semanas después de la elección a la Sede
de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé
así: «El Rosario es mi oración predilecta.
¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su
sencillez y en su profundidad. [...] Se puede
decir que el Rosario es, en cierto modo,
un comentario-oración sobre el capítulo final
de la Constitución Lumen gentium del Vaticano
II, capítulo que trata de la presencia admirable
de la Madre de Dios en el misterio de Cristo
y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo
de las Avemarías pasan ante los ojos del
alma los episodios principales de la vida
de Jesucristo. El Rosario en su conjunto
consta de misterios gozosos, dolorosos y
gloriosos, y nos ponen en comunión vital
con Jesús a través –podríamos decir– del
Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro
corazón puede incluir en estas decenas del
Rosario todos los hechos que entraman la
vida del individuo, la familia, la nación,
la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales
o del prójimo, sobre todo de las personas
más cercanas o que llevamos más en el corazón.
De este modo la sencilla plegaria del Rosario
sintoniza con el ritmo de la vida humana
».5
Con estas palabras, mis queridos Hermanos
y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado
en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al
inicio del vigésimo quinto año de servicio
como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo.
Cuántas gracias he recibido de la Santísima
Virgen a través del Rosario en estos años:
Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar
mi agradecimiento al Señor con las palabras
de su Madre Santísima, bajo cuya protección
he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!
Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario
3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones
hechas en la Carta apostólica Novo millennio
ineunte, en la que, después de la experiencia
jubilar, he invitado al Pueblo de Dios «
a caminar desde Cristo »,6 he sentido la
necesidad de desarrollar una reflexión sobre
el Rosario, en cierto modo como coronación
mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar
a la contemplación del rostro de Cristo en
compañía y a ejemplo de su Santísima Madre.
Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad
contemplar con María el rostro de Cristo.
Para dar mayor realce a esta invitación,
con ocasión del próximo ciento veinte aniversario
de la mencionada Encíclica de León XIII,
deseo que a lo largo del año se proponga
y valore de manera particular esta oración
en las diversas comunidades cristianas. Proclamo,
por tanto, el año que va de este octubre
a octubre de 2003 Año del Rosario.
Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa
de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero
obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar
los planes pastorales de las Iglesias particulares.
Confío que sea acogida con prontitud y generosidad.
El Rosario, comprendido en su pleno significado,
conduce al corazón mismo del vida cristiana
y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda
espiritual y pedagógica, para la contemplación
personal, la formación del Pueblo de Dios
y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo
recordando con gozo también otro aniversario:
los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico
Vaticano II (11 de octubre de 1962), el «gran
don de gracia» dispensada por el espíritu
de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.7
Objeciones al Rosario
4. La oportunidad de esta iniciativa se basa
en diversas consideraciones. La primera se
refiere a la urgencia de afrontar una cierta
crisis de esta oración que, en el actual
contexto histórico y teológico, corre el
riesgo de ser infravalorada injustamente
y, por tanto, poco propuesta a las nuevas
generaciones. Hay quien piensa que la centralidad
de la Liturgia, acertadamente subrayada por
el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga
necesariamente como consecuencia una disminución
de la importancia del Rosario. En realidad,
como puntualizó Pablo VI, esta oración no
sólo no se opone a la Liturgia, sino que
le da soporte, ya que la introduce y la recuerda,
ayudando a vivirla con plena participación
interior, recogiendo así sus frutos en la
vida cotidiana.
Quizás hay también quien teme que pueda resultar
poco ecuménica por su carácter marcadamente
mariano. En realidad, se coloca en el más
límpido horizonte del culto a la Madre de
Dios, tal como el Concilio ha establecido:
un culto orientado al centro cristológico
de la fe cristiana, de modo que «mientras
es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente
conocido, amado, glorificado».8 Comprendido
adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no
un obstáculo para el ecumenismo.
Vía de contemplación
5. Pero el motivo más importante para volver
a proponer con determinación la práctica
del Rosario es por ser un medio sumamente
válido para favorecer en los fieles la exigencia
de contemplación del misterio cristiano,
que he propuesto en la Carta Apostólica Novo
millennio ineunte como verdadera y propia
'pedagogía de la santidad': «es necesario
un cristianismo que se distinga ante todo
en el arte de la oración».9 Mientras en la
cultura contemporánea, incluso entre tantas
contradicciones, aflora una nueva exigencia
de espiritualidad, impulsada también por
influjo de otras religiones, es más urgente
que nunca que nuestras comunidades cristianas
se conviertan en «auténticas escuelas de
oración».10
El Rosario forma parte de la mejor y más
reconocida tradición de la contemplación
cristiana. Iniciado en Occidente, es una
oración típicamente meditativa y se corresponde
de algún modo con la «oración del corazón»,
u «oración de Jesús», surgida sobre el humus
del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia
6. Algunas circunstancias históricas ayudan
a dar un nuevo impulso a la propagación del
Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar
de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido
propuesto muchas veces por mis Predecesores
y por mí mismo como oración por la paz. Al
inicio de un milenio que se ha abierto con
las horrorosas escenas del atentado del 11
de septiembre de 2001 y que ve cada día en
muchas partes del mundo nuevos episodios
de sangre y violencia, promover el Rosario
significa sumirse en la contemplación del
misterio de Aquél que «es nuestra paz: el
que de los dos pueblos hizo uno, derribando
el muro que los separaba, la enemistad» (Ef
2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario
sin sentirse implicados en un compromiso
concreto de servir a la paz, con una particular
atención a la tierra de Jesús, aún ahora
tan atormentada y tan querida por el corazón
cristiano.
Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que
requiere una urgente atención y oración,
es el de la familia, célula de la sociedad,
amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras,
tanto de índole ideológica como práctica,
que hacen temer por el futuro de esta fundamental
e irrenunciable institución y, con ella,
por el destino de toda la sociedad. En el
marco de una pastoral familiar más amplia,
fomentar el Rosario en las familias cristianas
es una ayuda eficaz para contrastar los efectos
desoladores de esta crisis actual.
« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)
7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima
Virgen ejerce también hoy, precisamente a
través de esta oración, aquella solicitud
materna para con todos los hijos de la Iglesia
que el Redentor, poco antes de morir, le
confió en la persona del discípulo predilecto:
«¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26).
Son conocidas las distintas circunstancias
en las que la Madre de Cristo, entre el siglo
XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su
presencia y su voz para exhortar al Pueblo
de Dios a recurrir a esta forma de oración
contemplativa. Deseo en particular recordar,
por la incisiva influencia que conservan
en el vida de los cristianos y por el acreditado
reconocimiento recibido de la Iglesia, las
apariciones de Lourdes y Fátima,11 cuyos
Santuarios son meta de numerosos peregrinos,
en busca de consuelo y de esperanza.
Tras las huellas de los testigos
8. Sería imposible citar la multitud innumerable
de Santos que han encontrado en el Rosario
un auténtico camino de santificación. Bastará
con recordar a san Luis María Grignion de
Montfort, autor de un preciosa obra sobre
el Rosario12 y, más cercano a nosotros, al
Padre Pío de Pietrelcina, que recientemente
he tenido la alegría de canonizar. Un especial
carisma como verdadero apóstol del Rosario
tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su
camino de santidad se apoya sobre una inspiración
sentida en lo más hondo de su corazón: «
¡Quien propaga el Rosario se salva! ».13
Basándose en ello, se sintió llamado a construir
en Pompeya un templo dedicado a la Virgen
del Santo Rosario colindante con los restos
de la antigua ciudad, apenas influenciada
por el anuncio cristiano antes de quedar
cubierta por la erupción del Vesuvio en el
año 79 y rescatada de sus cenizas siglos
después, como testimonio de las luces y las
sombras de la civilización clásica.
Con toda su obra y, en particular, a través
de los «Quince Sábados», Bartolomé Longo
desarrolló el meollo cristológico y contemplativo
del Rosario, que ha contado con un particular
aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del
Rosario».
CAPÍTULO I
CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA
Un rostro brillante como el sol
9. «Y se transfiguró delante de ellos: su
rostro se puso brillante como el sol» (Mt
17, 2). La escena evangélica de la transfiguración
de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro,
Santiago y Juan aparecen como extasiados
por la belleza del Redentor, puede ser considerada
como icono de la contemplación cristiana.
Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir
su misterio en el camino ordinario y doloroso
de su humanidad, hasta percibir su fulgor
divino manifestado definitivamente en el
Resucitado glorificado a la derecha del Padre,
es la tarea de todos los discípulos de Cristo;
por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando
este rostro nos disponemos a acoger el misterio
de la vida trinitaria, para experimentar
de nuevo el amor del Padre y gozar de la
alegría del Espíritu Santo. Se realiza así
también en nosotros la palabra de san Pablo:
«Reflejamos como en un espejo la gloria del
Señor, nos vamos transformando en esa misma
imagen cada vez más: así es como actúa el
Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).
María modelo de contemplación
10. La contemplación de Cristo tiene en María
su modelo insuperable. El rostro del Hijo
le pertenece de un modo especial. Ha sido
en su vientre donde se ha formado, tomando
también de Ella una semejanza humana que
evoca una intimidad espiritual ciertamente
más grande aún. Nadie se ha dedicado con
la asiduidad de María a la contemplación
del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón
se concentran de algún modo en Él ya en la
Anunciación, cuando lo concibe por obra del
Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza
a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos.
Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus
ojos se vuelven también tiernamente sobre
el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2,
7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de
adoración y asombro, no se apartará jamás
de Él. Será a veces una mirada interrogadora,
como en el episodio de su extravío en el
templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
» (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada
penetrante, capaz de leer en lo íntimo de
Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos
y presentir sus decisiones, como en Caná
(cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada
dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde
todavía será, en cierto sentido, la mirada
de la 'parturienta', ya que María no se limitará
a compartir la pasión y la muerte del Unigénito,
sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo
predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27);
en la mañana de Pascua será una mirada radiante
por la alegría de la resurrección y, por
fin, una mirada ardorosa por la efusión del
Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch
1, 14).
Los recuerdos de María
11. María vive mirando a Cristo y tiene en
cuenta cada una de sus palabras: « Guardaba
todas estas cosas, y las meditaba en su corazón
» (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de
Jesús, impresos en su alma, la han acompañado
en todo momento, llevándola a recorrer con
el pensamiento los distintos episodios de
su vida junto al Hijo. Han sido aquellos
recuerdos los que han constituido, en cierto
sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado
constantemente en los días de su vida terrenal.
Y también ahora, entre los cantos de alegría
de la Jerusalén celestial, permanecen intactos
los motivos de su acción de gracias y su
alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud
hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue
desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora.
María propone continuamente a los creyentes
los 'misterios' de su Hijo, con el deseo
de que sean contemplados, para que puedan
derramar toda su fuerza salvadora. Cuando
recita el Rosario, la comunidad cristiana
está en sintonía con el recuerdo y con la
mirada de María.
El Rosario, oración contemplativa
12. El Rosario, precisamente a partir de
la experiencia de María, es una oración marcadamente
contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría,
como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación,
el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo
corre el peligro de convertirse en mecánica
repetición de fórmulas y de contradecir la
advertencia de Jesús: "Cuando oréis,
no seáis charlatanes como los paganos, que
creen ser escuchados en virtud de su locuacidad"
(Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del
Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo
remanso, que favorezca en quien ora la meditación
de los misterios de la vida del Señor, vistos
a través del corazón de Aquella que estuvo
más cerca del Señor, y que desvelen su insondable
riqueza».14
Es necesario detenernos en este profundo
pensamiento de Pablo VI para poner de relieve
algunas dimensiones del Rosario que definen
mejor su carácter de contemplación cristológica.
Recordar a Cristo con María
13. La contemplación de María es ante todo
un recordar. Conviene sin embargo entender
esta palabra en el sentido bíblico de la
memoria (zakar), que actualiza las obras
realizadas por Dios en la historia de la
salvación. La Biblia es narración de acontecimientos
salvíficos, que tienen su culmen en el propio
Cristo. Estos acontecimientos no son solamente
un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación.
Esta actualización se realiza en particular
en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a
cabo hace siglos no concierne solamente a
los testigos directos de los acontecimientos,
sino que alcanza con su gracia a los hombres
de cada época. Esto vale también, en cierto
modo, para toda consideración piadosa de
aquellos acontecimientos: «hacer memoria»
de ellos en actitud de fe y amor significa
abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado
con sus misterios de vida, muerte y resurrección.
Por esto, mientras se reafirma con el Concilio
Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio
del oficio sacerdotal de Cristo y culto público,
es «la cumbre a la que tiende la acción de
la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente
de donde mana toda su fuerza»,15 también
es necesario recordar que la vida espiritual
« no se agota sólo con la participación en
la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado
a orar en común, debe no obstante, entrar
también en su interior para orar al Padre,
que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más
aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin
interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ».16 El Rosario,
con su carácter específico, pertenece a este
variado panorama de la oración 'incesante',
y si la Liturgia, acción de Cristo y de la
Iglesia, es acción salvífica por excelencia,
el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo
con María, es contemplación saludable. En
efecto, penetrando, de misterio en misterio,
en la vida del Redentor, hace que cuanto
Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea
asimilado profundamente y forje la propia
existencia.
Comprender a Cristo desde María
14. Cristo es el Maestro por excelencia,
el revelador y la revelación. No se trata
sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado,
sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto,
¿qué maestra más experta que María? Si en
el ámbito divino el Espíritu es el Maestro
interior que nos lleva a la plena verdad
de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13),
entre las criaturas nadie mejor que Ella
conoce a Cristo, nadie como su Madre puede
introducirnos en un conocimiento profundo
de su misterio.
El primero de los 'signos' llevado a cabo
por Jesús –la transformación del agua en
vino en las bodas de Caná– nos muestra a
María precisamente como maestra, mientras
exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones
de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar
que ha desempeñado esta función con los discípulos
después de la Ascensión de Jesús, cuando
se quedó con ellos esperando el Espíritu
Santo y los confortó en la primera misión.
Recorrer con María las escenas del Rosario
es como ir a la 'escuela' de María para leer
a Cristo, para penetrar sus secretos, para
entender su mensaje.
Una escuela, la de María, mucho más eficaz,
si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos
abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos,
al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación
de la fe»,17 en la cual es maestra incomparable.
Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita,
como en su Anunciación, a presentar con humildad
los interrogantes que conducen a la luz,
para concluir siempre con la obediencia de
la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase
en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
Configurarse a Cristo con María
15. La espiritualidad cristiana tiene como
característica el deber del discípulo de
configurarse cada vez más plenamente con
su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21).
La efusión del Espíritu en el Bautismo une
al creyente como el sarmiento a la vid, que
es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro
de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm
12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo,
ha de corresponder un camino de adhesión
creciente a Él, que oriente cada vez más
el comportamiento del discípulo según la
'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros
los mismos sentimientos que Cristo» (Flp
2, 5). Hace falta, según las palabras del
Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13,
14; Ga 3, 27).
En el recorrido espiritual del Rosario, basado
en la contemplación incesante del rostro
de Cristo –en compañía de María– este exigente
ideal de configuración con Él se consigue
a través de una asiduidad que pudiéramos
decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo
natural en la vida de Cristo y nos hace como
'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto
dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos
amigos, frecuentándose, suelen parecerse
también en las costumbres, así nosotros,
conversando familiarmente con Jesús y la
Virgen, al meditar los Misterios del Rosario,
y formando juntos una misma vida de comunión,
podemos llegar a ser, en la medida de nuestra
pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de
estos eminentes ejemplos el vivir humilde,
pobre, escondido, paciente y perfecto».18
Además, mediante este proceso de configuración
con Cristo, en el Rosario nos encomendamos
en particular a la acción materna de la Virgen
Santa. Ella, que es la madre de Cristo y
a la vez miembro de la Iglesia como «miembro
supereminente y completamente singular»,19
es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'.
Como tal 'engendra' continuamente hijos para
el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante
su intercesión, implorando para ellos la
efusión inagotable del Espíritu. Ella es
el icono perfecto de la maternidad de la
Iglesia.
El Rosario nos transporta místicamente junto
a María, dedicada a seguir el crecimiento
humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso
le permite educarnos y modelarnos con la
misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado»
plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta
acción de María, basada totalmente en la
de Cristo y subordinada radicalmente a ella,
«favorece, y de ninguna manera impide, la
unión inmediata de los creyentes con Cristo».20
Es el principio iluminador expresado por
el Concilio Vaticano II, que tan intensamente
he experimentado en mi vida, haciendo de
él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21
Un lema, como es sabido, inspirado en la
doctrina de san Luis María Grignion de Montfort,
que explicó así el papel de María en el proceso
de configuración de cada uno de nosotros
con Cristo: «Como quiera que toda nuestra
perfección consiste en el ser conformes,
unidos y consagrados a Jesucristo, la más
perfecta de la devociones es, sin duda alguna,
la que nos conforma, nos une y nos consagra
lo más perfectamente posible a Jesucristo.
Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas,
la más conforme a Jesucristo, se sigue que,
de todas las devociones, la que más consagra
y conforma un alma a Jesucristo es la devoción
a María, su Santísima Madre, y que cuanto
más consagrada esté un alma a la Santísima
Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».22
De verdad, en el Rosario el camino de Cristo
y el de María se encuentran profundamente
unidos. ¡María no vive más que en Cristo
y en función de Cristo!
Rogar a Cristo con María
16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a
Dios con insistencia y confianza para ser
escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y
hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,
7). El fundamento de esta eficacia de la
oración es la bondad del Padre, pero también
la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn
2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que
«intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según
los designios de Dios. En efecto, nosotros
«no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a veces
no somos escuchados porque pedimos mal (cf.
St 4, 2-3).
Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu
hacen brotar en nuestro corazón, interviene
María con su intercesión materna. «La oración
de la Iglesia está como apoyada en la oración
de María».23 Efectivamente, si Jesús, único
Mediador, es el Camino de nuestra oración,
María, pura transparencia de Él, muestra
el Camino, y «a partir de esta cooperación
singular de María a la acción del Espíritu
Santo, las Iglesias han desarrollado la oración
a la santa Madre de Dios, centrándola sobre
la persona de Cristo manifestada en sus misterios».24
En las bodas de Caná, el Evangelio muestra
precisamente la eficacia de la intercesión
de María, que se hace portavoz ante Jesús
de las necesidades humanas: «No tienen vino»
(Jn 2, 3).
El Rosario es a la vez meditación y súplica.
La plegaria insistente a la Madre de Dios
se apoya en la confianza de que su materna
intercesión lo puede todo ante el corazón
del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia»,
como, con audaz expresión que debe entenderse
bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato
Bartolomé Longo.25 Basada en el Evangelio,
ésta es una certeza que se ha ido consolidando
por experiencia propia en el pueblo cristiano.
El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente,
siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer,
eres tan grande y tanto vales, que quien
desea una gracia y no recurre a ti, quiere
que su deseo vuele sin alas».26 En el Rosario,
mientras suplicamos a María, templo del Espíritu
Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por
nosotros ante el Padre que la ha llenado
de gracia y ante el Hijo nacido de su seno,
rogando con nosotros y por nosotros.
Anunciar a Cristo con María
17. El Rosario es también un itinerario de
anuncio y de profundización, en el que el
misterio de Cristoes presentado continuamente
en los diversos aspectos de la experiencia
cristiana. Es una presentación orante y contemplativa,
que trata de modelar al cristiano según el
corazón de Cristo. Efectivamente, si en el
rezo del Rosario se valoran adecuadamente
todos sus elementos para una meditación eficaz,
se da, especialmente en la celebración comunitaria
en las parroquias y los santuarios, una significativa
oportunidad catequética que los Pastores
deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario
continúa también de este modo su obra de
anunciar a Cristo. La historia del Rosario
muestra cómo esta oración ha sido utilizada
especialmente por los Dominicos, en un momento
difícil para la Iglesia a causa de la difusión
de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos.
¿Por qué no volver a tomar en la mano las
cuentas del rosario con la fe de quienes
nos han precedido? El Rosario conserva toda
su fuerza y sigue siendo un recurso importante
en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.
Pase a leer de la encíclica papal el Capítulo 2 
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