MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II PARA LA CUARESMA
El tema de este año:
“El que reciba a un niño
como éste en mi
nombre,
a mí me recibe” (Mt 18,5)
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QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS:
1. on el sugestivo rito de la imposición de
la Ceniza, inicia el tiempo de la Cuaresma,
durante el cual la liturgia renueva en los
creyentes el llamamiento a una conversión
radical, confiando en la misericordia divina.
El tema de este año - “El
que reciba a un
niño como éste en mi nombre,
a mí me recibe”
(Mt 18,5) - ofrece la oportunidad
de reflexionar
sobre la condición de los
niños, que también
hoy en día el Señor llama
a estar a su lado
y los presenta como ejemplo
a todos aquellos
que quieren ser sus discípulos.
Las palabras
de Jesús son una exhortación
a examinar cómo
son tratados los niños
en nuestras familias,
en la sociedad civil y
en la Iglesia. Asimismo,
son un estímulo para descubrir
la sencillez
y la confianza que el creyente
debe desarrollar,
imitando al Hijo de Dios,
el cual ha compartido
la misma suerte de los
pequeños y de los
pobres. A este propósito,
Santa Clara de
Asís solía decir que Jesús,
“pobre fue acostado
en un pesebre, pobre vivió
en el siglo y
desnudo permaneció en el
patíbulo” (Testamento,
Fuentes Franciscanas, n.
2841).
Jesús amó a los niños y
fueron sus predilectos
“por su sencillez, su alegría
de vivir, su
espontaneidad y su fe llena
de asombro” (Ángelus,
18.12.1994). Ésta es la
razón por la cual
el Señor quiere que la
comunidad les abra
el corazón y los acoja
como si fueran Él
mismo: “El que reciba a
un niño como éste
en mi nombre, a mí me recibe”
(Mt 18,5).
Junto a los niños, el Señor
sitúa a los “hermanos
más pequeños”, esto es,
los pobres, los necesitados,
los hambrientos y sedientos,
los forasteros,
los desnudos, los enfermos
y los encarcelados.
Acogerlos y amarlos, o
bien tratarlos con
indiferencia y rechazarlos,
es como si se
hiciera lo mismo con Él,
ya que Él se hace
presente de manera singular
en ellos.
2. El Evangelio narra la infancia de Jesús en
la humilde casa de Nazareth, en la que, sujeto
a sus padres, “progresaba en sabiduría, en
estatura y en gracia ante Dios y ante los
hombres” (Lc 2,52). Al hacerse niño, quiso
compartir la experiencia humana. “Se despojó
de sí mismo – escribe el Apóstol San Pablo
–, tomando condición de siervo haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en
su porte como hombre; y se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”
(Flp 2,7-8). Cuando a la edad de doce años
se quedó en el templo de Jerusalén, mientras
sus padres le buscaban angustiados, les dijo:
“¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo
debía estar en la casa
de mi Padre?” (Lc
2,49). Ciertamente, toda
su existencia estuvo
marcada por una fiel y
filial sumisión al
Padre celestial. “Mi alimento
– decía – es
hacer la voluntad del que
me ha enviado y
llevar a cabo su obra”
(Jn 4,34).
En los años de su vida
pública, repitió con
insistencia que solamente
aquellos que se
hubiesen hecho como niños
podrían entrar
en el Reino de los Cielos
(cf. Mt 18,3; Mc
10,15; Lc 18,17; Jn 3,3).
En sus palabras,
el niño se convierte en
la imagen elocuente
del discípulo llamado a
seguir al Maestro
divino con la docilidad
de un niño: “Así
pues, quien se haga pequeño
como este niño,
ése es el mayor en el Reino
de los Cielos”
(Mt 18,4).
“Convertirse” en pequeños
y “acoger” a los
pequeños son dos aspectos
de una única enseñanza,
que el Señor renueva a
sus discípulos en
nuestro tiempo. Sólo aquél
que se hace “pequeño”
es capaz de acoger con
amor a los hermanos
más “pequeños”.
3. Muchos son los creyentes que buscan seguir
con fidelidad estas enseñanzas del Señor.
Quisiera recordar a los padres que no dudan
en tener una familia numerosa, a las madres
y padres que en vez de considerar prioritaria
la búsqueda del éxito profesional y la carrera,
se preocupan por transmitir a los hijos aquellos
valores humanos y religiosos que dan el verdadero
sentido a la existencia.
Pienso con grata admiración
en todos los
que se hacen cargo de la
formación de la
infancia en dificultad,
y alivian los sufrimientos
de los niños y de sus familiares
causados
por los conflictos y la
violencia, por la
falta de alimentos y de
agua, por la emigración
forzada y por tantas injusticias
existentes
en el mundo.
Junto a toda esta generosidad, debemos señalar
también el egoísmo de quienes no “acogen”
a los niños. Hay menores profundamente heridos
por la violencia de los adultos: abusos sexuales,
instigación a la prostitución, al tráfico
y uso de drogas, niños obligados a trabajar,
enrolados para combatir, inocentes marcados
para siempre por la disgregación familiar,
niños pequeños víctimas del infame tráfico
de órganos y personas. ¿Y qué decir de la
tragedia del SIDA, con sus terribles repercusiones
en África? De hecho, se habla de millones
de personas azotadas por este flagelo, y
de éstas, tantísimas contagiadas desde el
nacimiento. La humanidad no puede cerrar
los ojos ante un drama tan alarmante.
4. ¿Qué mal han cometido estos niños para merecer
tanta desdicha? Desde una perspectiva humana
no es sencillo, es más, resulta imposible
responder a esta pregunta inquietante. Solamente
la fe nos ayuda a penetrar en este profundo
abismo de dolor.
Haciéndose “obediente hasta
la muerte y muerte
de cruz” (Flp 2,8), Jesús
ha asumido el sufrimiento
humano y lo ha iluminado
con la luz esplendorosa
de la resurrección. Con
su muerte, ha vencido
para siempre la muerte.
Durante la Cuaresma nos
preparamos a revivir
el Misterio Pascual, que
inunda de esperanza
toda nuestra vida, incluso
en sus aspectos
más complejos y dolorosos.
La Semana Santa
nos presentará nuevamente
este misterio de
la salvación a través de
los sugestivos ritos
del Triduo Pascual.
Queridos hermanos y hermanas,
iniciemos con
confianza el itinerario
cuaresmal, animados
por una más intensa oración,
penitencia y
atención a los necesitados.
Que la Cuaresma
sea ocasión útil para dedicar
mayores cuidados
a los niños en el propio
ambiente familiar
y social: ellos son el
futuro de la humanidad.
5. Con la sencillez típica de los niños nos dirigimos
a Dios llamándolo, como Jesús nos ha enseñado,
“Abbá”, Padre, en la oración del Padrenuestro.
¡Padre nuestro! Repitamos con frecuencia
a lo largo de la Cuaresma esta oración; repitámosla
con profunda devoción. Llamando a Dios Padre
nuestro, nos daremos cuenta de que somos
hijos suyos y nos sentiremos hermanos entre
nosotros. De esta manera, nos resultará más
fácil abrir el corazón a los pequeños, siguiendo
la invitación de Jesús: “El que reciba a
un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”
(Mt 18,5).
Con estos deseos, invoco
sobre cada uno de
vosotros la bendición de
Dios por intercesión
de María, Madre del Verbo
de Dios hecho hombre
y Madre de toda la humanidad.
JOANNES PAULUS PP II
Año 2004
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