MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II PARA LA CUARESMA
Libros escritos por Ratzinger
(Nuevo papa Benedicto XVI)
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ueridos Hermanos y Hermanas,
1. Nos disponemos a recorrer
de nuevo el
camino cuaresmal, que nos
conducirá a las
solemnes celebraciones
del misterio central
de la fe, el misterio de
la pasión, muerte
y resurrección de Cristo.
Nos preparamos
para vivir el tiempo apropiado
que la Iglesia
ofrece a los creyentes
para meditar sobre
la obra de la salvación
realizada por el
Señor en la Cruz. El designio
salvífico del
Padre celeste se ha cumplido
en la entrega
libre y total del Hijo
unigénito a los hombres.
“Nadie me quita la vida;
yo la doy voluntariamente”,
dice Jesús (cf.Jn 10, 18),
resaltando que
Él sacrifica su propia
vida, de manera voluntaria,
por la salvación del mundo.
Como confirmación
de don tan grande de amor,
el Redentor añade:
“Nadie tiene mayor amor
que el que da su
vida por sus amigos”(Jn
15, 13).
La Cuaresma, que es una
ocasión providencial
de conversión, nos ayuda
a contemplar este
estupendo misterio de amor.
Es como un retorno
a las raíces de la fe,
porque meditando sobre
el don de gracia inconmensurable
que es la
Redención, nos damos cuenta
de que todo ha
sido dado por amorosa iniciativa
divina.
Precisamente para meditar
sobre este aspecto
del misterio salvífico,
he elegido como tema
del Mensaje cuaresmal de
este año las palabras
del Señor: “Gratis lo recibisteis;
dadlo
gratis”(Mt 10, 8).
2. Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿quién
ha podido o puede merecer un privilegio semejante?
San Pablo dice: “todos pecaron y están privados
de la gloria de Dios y son justificados por
el don de su gracia” (Rm 3, 23-24). Dios
nos ha amado con infinita misericordia, sin
detenerse ante la condición de grave ruptura
ocasionada por el pecado en la persona humana.
Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra
enfermedad, haciendo de ella la ocasión para
una nueva y más maravillosa efusión de su
amor. La Iglesia no deja de proclamar este
misterio de infinita bondad, exaltando la
libre elección divina y su deseo de no de
condenar, sino de admitir de nuevo al hombre
a la comunión consigo.
“Gratis lo recibisteis;
dadlo gratis”. Que
estas palabras del Evangelio
resuenen en
el corazón de toda comunidad
cristiana en
la peregrinación penitencial
hacia la Pascua.
Que la Cuaresma, llamando
la atención sobre
el misterio de la muerte
y resurrección del
Dios, lleve a todo cristiano
a asombrarse
profundamente ante la grandeza
de semejante
don. ¡Sí! Gratis hemos
recibido. ¿Acaso no
está toda nuestra existencia
marcada por
la benevolencia de Dios?
Es un don el florecer
de la vida y su prodigioso
desarrollo. Precisamente
por ser un don, la existencia
no puede ser
considerada una posesión
o una propiedad
privada, por más que las
posibilidades que
hoy tenemos de mejorar
la calidad de vida
podrían hacernos pensar
que el hombre es
su “dueño”. Efectivamente,
las conquistas
de la medicina y la biotecnología
pueden
en ocasione inducir al
hombre a creerse creador
de sí mismo y a caer en
la tentación de manipular
“el árbol de la vida” (Gn
3, 24).
Conviene recordar también
a este propósito
que no todo lo que es técnicamente
posible
es también moralmente lícito.
Aunque resulte
admirable el esfuerzo de
la ciencia para
asegurar una calidad de
vida más conforme
a la dignidad del hombre,
eso nunca debe
hacer olvidar que la vida
humana es un don,
y que sigue teniendo valor
aún cuando esté
sometida a sufrimientos
o limitaciones. Es
don que siempre se ha de
acoger: recibido
gratis y gratuitamente
puesto al servicio
de los demás.
3. La Cuaresma, proponiendo de nuevo el ejemplo
de Cristo que se inmola por nosotros en el
Calvario, nos ayuda de manera especial a
entender que la vida ha sido redimida en
Él. Por medio del Espíritu Santo, Él renueva
nuestra vida y nos hace partícipes de esa
misma vida divina que nos introduce en la
intimidad de Dios y nos hace experimentar
su amor por nosotros. Se trata de un regalo
sublime, que el cristiano no puede dejar
de proclamar con alegría. San Juan escribe
en su Evangelio: “Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn
17, 3). Esta vida, que se nos ha comunicado
con el Bautismo, hemos de alimentarla continuamente
con una respuesta fiel, individual y comunitaria,
mediante la oración, la celebración de los
Sacramentos y el testimonio evangélico.
En efecto, habiendo recibido
gratis la vida,
debemos, por nuestra parte,
darla a los hermanos
de manera gratuita. Así
lo pide Jesús a los
discípulos, al enviarles
como testigos suyos
en el mundo: “Gratis lo
recibisteis; dadlo
gratis”. Y el primer don
que hemos de dar
es el de una vida santa,
que dé testimoniodel
amor gratuito de Dios.
Que el itinerario
cuaresmal sea por todos
los creyentes una
llamada constante a profundizar
en esta peculiar
vocación nuestra. Como
creyentes, hemos de
abrirnos a una existencia
que se distinga
por la “gratuidad”, entregándonos
a nosotros
mismos, sin reservas, a
Dios y al próximo.
4. “¿Qué tienes– advierte san Pablo – que no lo
hayas recibido?(1 Co 4, 7). Amar a los hermanos,
dedicarse a ellos, es una exigencia que proviene
de esta constatación. Cuanto mayor es la
necesidad de los otros, más urgente es para
el creyente la tarea de serviles. ¿Acaso
no permite Dios que haya condiciones de necesidad
para que, ayudando a los demás, aprendamos
a liberarnos de nuestro egoísmo y a vivir
el auténtico amor evangélico? Las palabras
de Jesús son muy claras: “si amáis a los
que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?
¿No hacen eso mismo también los publicanos?”(Mt
5, 46). El mundo valora las relaciones con
los otros en función del interés y el provecho
propio, dando lugar a una visión egocéntrica
de la existencia, en la que demasiado a menudo
no queda lugar para los pobres y los débiles.
Por el contrario, toda persona, incluso la
menos dotada, ha de ser acogida y amada por
sí misma, más allá de sus cualidades y defectos.
Más aún, cuanto mayor es la dificultad en
que se encuentra, más ha de ser objeto de
nuestro amor concreto. Éste es el amor del
que la Iglesia da testimonio a través de
innumerables instituciones, haciéndose cargo
de enfermos, marginados, pobres y oprimidos.
De este modo, los cristianos se convierten
en apóstoles de esperanza y constructores
de la civilización del amor.
Es muy significativo que
Jesús pronuncie
las palabras: “Gratis lo
recibisteis; dadlo
gratis”, precisamente antes
de enviar a los
apóstoles a difundir el
Evangelio de la salvación,
el primero y principal
don que Él ha dado
a la humanidad. Él quiere
que su Reino, ya
cercano (cf. Mt 10, 5ss),
se propague mediante
gestos de amor gratuito
por parte de sus
discípulos. Así hicieron
los apóstoles en
el comienzo del cristianismo,
y quienes los
encontraban, los reconocían
como portadores
de un mensaje más grande
de ellos mismos.
Como entonces, también
hoy el bien realizado
por los creyentes se convierte
en un signo
y, con frecuencia, en una
invitación a creer.
También cuando el cristiano
se hace cargo
de las necesidades del
prójimo, como en el
caso del buen samaritano,
nunca se trata
de una ayuda meramente
material. Es también
anuncio del Reino, que
comunica el pleno
sentido de la vida, de
la esperanza, del
amor.
5. ¡Queridos Hermanos y Hermanas! Que sea éste
el estilo con el que nos preparamos a vivir
la Cuaresma: la generosidad efectiva hacia
los hermanos más pobres. Abriéndoles el corazón,
nos hacemos cada vez más conscientes de que
nuestra entrega a los demás es una respuesta
a los numerosos dones que Dios continúa haciéndonos.Gratis
lo hemos recibido, ¡démoslo gratis!
¿Qué momento más oportuno
que el tiempo de
Cuaresma para dar este
testimonio de gratuidad
que tanto necesita el mundo?
El mismo amor
que Dios nos tiene lleva
en sí mismo la llamada
a darnos, por nuestra parte,
gratuitamente
a los otros. Doy las gracias
a todos los
que -laicos, religiosos,
sacerdotes- dan
este testimonio de caridad
en cada rincón
del mundo. Que sea así
para cada cristiano,
en cualquier situación
en que se encuentre.
Que María, la Virgen y
Madre del buen Amor
y de la Esperanza, sea
guía y sustento en
este itinerario cuaresmal.
Aseguro a todos,
con afecto, mis oraciones,
a la vez que les
imparto complacido, especialmente
a los que
trabajan cotidianamente
en las múltiples
fronteras de la caridad,
una especial Bendición
Apostólica.
JOANNES PAULUS II
Año 2002
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